por Candela de 6º E
En un pueblo apartado de la ciudad, vivía una familia humilde con sus mascotas: un perro, un gato y un loro. Papá Jorge era viejo y panzón. Nina, la mamá, una mujer delgada y coqueta. Florencia, la hija mayor, educada y responsable. Carmina, la menor, graciosa y traviesa.
Una tarde, a la hora de la siesta, Florencia salió a recoger frutos del bosque para el negocio de su padre, quien fabricaba ricos dulces. Mientras cortaba los frutos, cantaba y bailaba al compás, sin darse cuenta de que un joven apuesto la miraba con una sonrisa dibujada en la cara. Cuando ella se dio cuenta, corrió a su casa y no respondió al llamado del joven. Su papá le había prohibido hablar con desconocidos.
Al llegar a su casa, su mamá se dio cuenta de que Carmina había salido al bosque a jugar con sus muñecos. De pronto, comenzaron a escuchar rugidos, y como la pequeña era muy curiosa, se asustaron y salieron a ver.
Carmina, quien también había escuchado los rugidos, buscó de dónde venían y cada vez se alejaba más, hasta que encontró a dos pequeños osos que jugaban. Pero ella se asustó y comenzó a gritar, que de por sí era su costumbre. Los osos, advertidos por los gritos y hambrientos como estaban, agarraron a Carmina y la llevaron a su cueva.
La mamá, con Florencia, no pudieron encontrarla y regresaron a la casa para pedir ayuda.
-- ¡Carmina se perdió! ¿Qué vamos a hacer?
-- ¡Papá, papá! ¡Corre al bosque que están los osos!
-- Está bien, tranquilos, tranquilos.
Y corrieron llamándola a los gritos. Florencia encontró una zapatilla de su hermana y siguieron las huellas que los llevaron a la cueva. Ya en el lugar se preguntaban cómo hacer para entrar, cuando de pronto Carmina empezó a gritar:
-- ¡Papá! ¡Mamá! ¡Vengan! ¡Sálvenme!
Florencia, asustada, llamó al joven que también había escuchado a los osos y se acercó al lugar.
-- ¿Qué pasa? ¿Por qué llorás?
-- Mi hermanita está adentro de la cueva.
-- No te preocupes. Yo entraré.
-- Perdón, ¿cómo es tu nombre?
-- José, ¿y vos?
-- Florencia. Gracias por ayudarnos.
El joven entró a la cueva y aprovechando un descuido de los osos, tomó de la mano a la pequeña y salieron corriendo.
Abrazaron a la niña y rieron felices. El papá palmeó la espalda de José y le agradeció invitándolo a su casa. Desde entonces, Florencia y José fueron grandes amigos y compañeros de lindas aventuras.